MERITOCRACIA, HORAS EXTRAS y CULTURA WOKE
Mis orígenes son muy humildes, mis abuelos y mis padres eran trabajadores de fábricas y empresas
Claudio Fontana
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Mis orígenes son muy humildes, mis abuelos y mis padres eran trabajadores de fábricas y empresas donde la única posibilidad de hacer una mínima diferencia económica era haciendo horas extras. Cada vez que les ofrecían extender su horario laboral no lo dudaban, trabajaban 10, 11, 12 o más horas de corrido para incrementar su salario, con el único objetivo de que esa pequeña retribución diferencial les otorgara un plus a la hora de atender las necesidades de sus familias. Mi abuelo decía: “En la fábrica hay mucho trabajo”, hoy comprendo ese momento: lo que habia era consumo y demanda, habia que producir más para atender un mercado que demandaba más productos y más servicios.
A finales de los 80, principios de los 90 llego la competitividad, quienes querían destacarse trabajaban más y mejor, no para que les pagaran un plus sino para diferenciarse y escalar hacia posiciones de mayor jerarquía y responsabilidad. En algún momento, por razones que prefiero no mencionar, quienes no estaban convencidos de la auto exigencia como herramienta diferencial, impusieron sus reclamos. A sabiendas que competir no era un escenario donde pudieran destacarse, presionaron a las mayorías conformistas y eliminaron la meritocracia, bajo la proclama de la igualdad de oportunidades se escondía la igualdad de resultados: “Yo quiero que me vaya como le va a mi vecino, no importa si me esfuerzo o tengo capacidad de conseguirlo, es justo que lo tenga y eso incluye que se lo saquen a otro para dármelo a mi".
El discurso correcto paso a ser el único posible: “los pobres son buenos, los ricos son malos”, los empleados son buenos, los empresarios son malos”, “los inquilinos son buenos, los propietarios son malos”,” los animales son buenos, los seres humanos son malos” y etc , etc.
La agenda 2030 de la ONU no solo apoyó el discurso correcto, sino que marcó los caminos que países y personas deberían transitar, bajo apercibimiento de ser considerados dinosaurios, opresores y retrógrados.
La pandemia de COVID 19 aporto lo suyo, en materia laboral se prohibieron los despidos y mientras algunos cumplían con sus funciones dentro de sus casas y seguían cobrando su salario, muchos otros que no recibían un sueldo fijo se quedaron con los mismos compromisos y responsabilidades que antes, solo que esta vez debían afrontarlos sin ingresos.
El Home office paso a ser la modalidad soñada, todos querían trabajar desde sus casas, porque desde casa: LA GENTE TRABAJA MAS Y MEJOR.
Una encuesta que realice hace pocos meses dio como resultado que solo el 5% de los participantes pensaba que durante el 2025 prevalecería la tendencia hacia una modalidad de trabajo presencial. Si! Solo el 5% , el resto pronosticaba de una manera u otra la continuidad del trabajo remoto.
El presente nos encuentra con la mayoría de los empleados (en llamativo silencio) volviendo bastante rápido a las oficinas. No voy a analizar si el trabajo remoto es más o menos productivo, prefiero no hacerlo, solo soy consciente que los argumentos expresados por sus defensores (validos o no) no resultaron creíbles, cuando se intentan imponer medidas que benefician solo a una de las partes, las modalidades no se sostienen.
Desde todo punto de vista reivindico a mis padres y abuelos que para progresar trabajaban más horas y se esforzaban más para ser mejores. El esfuerzo y el mérito como formula sagrada para el progreso.
Quienes levantan las banderas de la cultura Woke, deberían tener en cuenta estos acontecimientos si quieren que su movimiento se imponga con éxito, en lugar de condenar, atacar, insultar, amenazar y vociferar en contra de quienes piensan distinto, deberían preocuparse por resultar creíbles, no sea que la ideología tenga el mismo final que ahora en silencio, parece tener el tan deseado home office.
Autor: Claudio Fontana
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